OCAÑA Y LA SEMANA SANTA (DEL CORTEJO DE LA VIRGEN LIBERTARIA)



SEMANA SANTA
VIERNES Y SÁBADO SANTO / LA VISIÓN HETERODOXA

QUIMERAS (y VI). Ocaña, hijo del sol, ángel miope y bueno, revolucionario de fondo y forma, trasladó a sus lienzos los recuerdos y los fetiches de la religión andaluza: los velatorios, las viejas enlutadas, las vírgenes travestidas y maternales... «Mi pintura son fetiches y recuerdos de mi niñez, mi pueblo y su gente, farolillos de colores como abanicos, muerte y vida, luz de cirio, Macarena y saeta», aseguraba el artista sevillano. Su vida, salvaje, burlonamente salvaje, dejó anécdotas deliciosas, como el desfile de una Virgen de papel maché por las calles de Barcelona o los versos que dedicó a la Macarena en el Festival de Cannes, donde presentó la película documental Ocaña, retrato intermitente, de Ventura Pons.

El cortejo de la Virgen libertaria

Ocaña, artista polifacético y agitador en los años finales de la dictadura, llenó sus lienzos de vírgenes travestidas, ángeles sexuados e inocentes asombrados por la vida

Tiene ese desfile de ángeles voluptuosos, acólitos con látigos y traviesos monaguillos un aire canalla e irreverente, descarado y libertario. El cortejo, un espectáculo barroco y transgresor, una especie de performance de ácratas y marginados sociales, acompaña a una Virgen de papel maché por las calles de la Barcelona gótica para anunciar el final de los años oscuros de la dictadura.

Pero el tiempo arrasó con esta galería de raros y delirantes, inspirada por el imaginario de José Pérez Ocaña (Cantillana, 1947-1983), artista que creó un mundo personal de lunas lorquianas, ángeles paganos y vírgenes travestidas. La película de Ventura Pons Ocaña, retrato intermitente (1978) es un testimonio de la agitación de aquella Rambla en fiesta permanente, donde el pintor simbolizó lo más imaginativo de la contracultura.

Vivir libre

«Mientras otros intrigaban, manipulaban y se destrozaban buscando acomodo junto al nuevo poder, nosotros nos dedicábamos a pasarlo bien. Bailábamos, ocupábamos la calle, nos emborrachábamos, nos drogábamos, follábamos... Pero, además, buscábamos nuevas formas de expresión, creábamos nuevas músicas, nuevas revistas, nuevo cine», recuerda el dibujante Nazario, que ha recopilado años y recuerdos en el libro La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos.

Frecuentemente, los cuadros de Ocaña son de temática religiosa, pero no hay en ellos el menor asomo de intención sacrílega. Las vírgenes, los santos, los cristos, las procesiones y los nazarenos están pintados con piedad, con devoción. Sus lienzos son ingenuos como una estampa y alegres como un Chagall.

Francisco Candel recordaba la visión divertida y libertaria de Ocaña: «El ha pintado las vírgenes de su pueblo, la Virgen del Rocío, el Sagrado Corazón con peineta sevillana, sin que ello tenga nada de sacrílego ni irreverente, antes al contrario... El no es creyente, pero cree en los fetiches. Por ello, ha modelado ángeles con papel maché y las paredes de su estudio son una nutrida iconografía de querubines...».

«A próposito de la Virgen –añade Candel–, Ocaña nos dice que es la madre y que la madre es la tierra. Y, al explicar todo esto, mueve ‘expresionistamente’ sus manos con un abanico en ellas. Él ha vivido una religión pagana como es la religión andaluza. Una religión cachonda. Que hay Dios, pues bueno; que no lo hay, bueno también...».

Ocaña dedicó a ese mundo andaluz sus dos exposiciones más importantes: Un poco de Andalucía (1977), en la sala Mec-Mec; y La primavera (1982), en la capilla del hospital de la Santa Cruz, ambas en Barcelona. «Mi pintura son ojos tristes, cuerpos desproporcionados y mucha humanidad –confesaba a la revista contracultural Ajoblanco–. Fetiches y recuerdos de mi niñez, mi pueblo y su gente, farolillos de colores como abanicos, muerte y vida, luz de cirio, Macarena y saeta».

Durante los preparativos de la exposición La primavera –su mayor éxito: más de sesenta mil visitas en apenas dos meses–, se gestó un desfile festivo, salvaje y esperpéntico, como asegura José María Carandell: «A última hora de la tarde, sus amigos se disfrazaron, tomaron velas e improvisaron una procesión, con la Virgen delante y el niño en brazos, por el pasillo en zigzag, mientras las bocas imitaban el clásico redoble de las procesiones. Ocaña les retuvo en un recodo con un gesto enérgico y sobrio, y le cantó una saeta a la Virgen en un silencio sentido y perfecto».

Cinco días después, los amigos de Ocaña llevaron en volandas las enormes figuras y los cuadros, después de derribar un tabique del piso para poder sacarlos, desde la Plaza Real hasta la capilla del hospital de la Santa Cruz, que había cedido el Ayuntamiento de Barcelona. En esta ocasión, un grupo de tres instrumentos les acompañaba interpretando jazz y música popular.

Otra anécdota vivísima, chispeante se produjo en el transcurso de una cena, a la que asistió el desaparecido Terenci Moix. La velada acabó en un encendido debate mariano entre Ocaña y Nazario. «Había un rumor del abanico; hoy enmudecido, sobre los manjares chinos; rumor que acallaba la voz de una de esas incomprensibles señoritas coreanas que suelen ser la música ambiental de los restaurantes estilo Pearl S. Buck. El tema de conversación iba de virgencitas, que sería precisamente el tema de la exposición más sonada de Ocaña», relata el autor de No digas que fue un sueño.

«Tema entrañable que arranca las lágrimas a las gentes de su pueblo y se les arrancaba a él mismo y a Nazario en la discusión en la que se enraizaron. Pues hacía Ocaña el elogio de la Asunción y oponía Nazario la superioridad de la del Rocío, y diría yo que nunca se jugaron apuestas de mayor vuelo ni con tan empecinada afición. Y le daba Ocaña al abanico con tanto brío que ya no se escuchaba a la coreana».

Ocaña, la diosa Ocaña, compuso un juego dramático entre la provocación del recuerdo y el teatro de calle en la película de Ventura Pons, que se proyectó en la sección Un Certain Regard –dedicada al cine documental– en el Festival de Cannes. Allí paseó con mantón y peineta por la Croisette y, en la rueda de prensa más divertida en la historia del certamen, cantó en verso a la Macarena, cuyo sentido no es otro que el de devolverle la religión al pueblo...

JOSÉ MARÍA RONDÓN
EVA DÍAZ PÉREZ


Publicación: EL MUNDO - ANDALUCÍA
Fecha: 25/03/2005
Página: 8
Autor: JOSÉ MARÍA RONDÓN y EVA DÍAZ PÉREZ



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