OCAÑA Y LA FALSA MEMORIA (DEL PERSONAJE Y LAS ETIQUETAS)




FABRICANTES DE MITOS, S.A.

Una tarde de verano leyendo el periódico El Mundo, uno atrasado, descubro un artículo de un tal Juan Bonilla al que desconozco, supongo de igual manera que él me ignora a mí.

Que se recuerde a una persona muerta hace 22 años, está bien, sobretodo si esa persona tenía como meta en su vida la posterioridad, pero recordarlo como un maldito -el artículo es una columna llamada Nuestros Malditos- no creo que venga a cuento en el caso de Ocaña, al que conocí como íntimo amigo y con el que compartí vida y miserias, trabajos y penurias, de la bohemia barcelonesa en su tiempo.

Pero no sé el grado de conocimiento de este Bonilla del personaje al que cita cuando desliza en su artículo que se le llamaba "La virgen de las Ramblas", "La reina de la Plaza Real" o incluso "La Diosa Ocaña". No sé, me da a mí que a éste le han contado de tercera mano alguna anécdota y el resto lo ha visto en el cine. A Ocaña le repelían las etiquetas y jamás hubiese consentido que se le llamase nada parecido.

Luego lo titula de pintor naíf. Hombre, naíf no es. Él era un pobre aprendiz autodidacta del expresionismo de Chagall al que admiraba y de quien había visto algunos cuadros en París, pero naíf no era. Los naíf no pintan con mierda humana los lienzos para luego repintarlos al óleo encima y venderlos descojonándose del precio de sus
mojones que pagaban alguno de sus burguesitos pelotas de la Barcelona de aquella época. Ojalá no los lleven a un restaurador nunca, así no sabrán lo que han comprado. Definitivamente, no era naíf.

Luego dice que hasta hace poco (sería hasta poco antes de su muerte, digo yo), él no sabía lo que era ser homosexual. No, él no se consideraba un homozezuá, o como se diga, no, él se consideraba maricón con todas las letras y punto. Ni se avergonzaba ni presumía, lo era y listo.

Luego cita una retahíla de presuntas autoridades de la cultureta
catalana que van dando certificaciones al difunto, que si Fernando Trueba dice que en su pureza reside su carácter subversivo (jamás fue ni subversivo ni agresivo), que si era un provocador y por lo tanto un peligro social (otra tontería más) o que dice Terenci Moix (que por aquéllas ni siquiera presumía de ser maricón, eso lo explotó más tarde) afirmaba que era la expresión de la melancolía y la celebración de la frivolidad, otra imbecilidad atribuida, perdone el difunto, pero a cada uno lo suyo.

En fin, me da a mí que más de uno se subió al carro una vez muerto, porque a tales personajes jamás los vi con Ocaña, únicamente a Colita, la lesbiana hermana del Terenci a la que él apreciaba porque iba de lo que era sin imposturas ni propaganda.

En resumen, el articulo es de esos que pretenden crear un personaje que no existe y unos cuantos se dan a la labor de inflar la pelota, no se entiende muy bien la finalidad.


Únicamente el resumen contiene algo de verdad. José Pérez Ocaña nace en Cantillana, a 20 km de Sevilla, en 1947, y muere allí en 1983.

De toda la fantasía desarrollada, únicamente hay una verdad, Ocaña era un emigrante andaluz, que trabajaba (trabajábamos) pintando casas a 30.000 pts el piso. Cuando reunía suficiente dinero, se dedicaba unos meses a pintar cuadros. Sus exposiciones eran espectaculares, su arte mediocre o básico, tampoco se le podía pedir más, era un autodidacta, pero llena de ingenuidad y fuerza, nada naíf. En las exposiciones, montaba unos muñecos de cartón piedra (alambre y papel de váter) pintados que eran espectaculares, suelos aromáticos de hojas de cedro o romero, e incienso, mucho incienso. Era un barroco místico religioso, quizás intentando superar su mala asunción de su sexualidad.


A pesar de todo, le conocí al menos tres novias de cama. Esto de definir la sexualidad de una persona tiene estos inconvenientes, somos circunstancialmente una cosa pero no toda la vida. Las etiquetas son un error.

Tenía varios hermanos y una hermana a la que adoraba, una madre que era un bicho y un hermano mellizo metido en temas sindicales que cada dos por tres le sacaba los cuartos para pagar las fianzas para salir de la cárcel.

En cuanto lo utilizaban y les sacaba del apuro, se olvidaban de él por un año o dos. Jamás los vi en su apartamento de la Plaza Real.


La madre no paraba de refrotarle en los morros que era un baldón para la familia, dado que su hermano mayor era... guardia civil.


Cuando empezó a ser conocido, salía en los papeles y le hizo una película un memo catalán con muchas perras y ninguna idea (Ventura Pons) comenzaron a no joderlo más en casa. Soy testigo presencial de unas palabras más que desagradables de su madre. Por lo tanto, afirmar en el articulo que adoraba y defendía la familia me confirma que el tal Bonilla sabe de esto lo que ha leído o mal le han contado.

En fin, por petición del hermano, el sindicalista comunista, fue a Cantillana a decorar con un fresco la Casa del Pueblo del PC. De allí, se había quedado con la casa de la abuela y pretendía arreglarla y pasar más tiempo fuera de Barcelona. Lo acompañé a conseguir los billetes de autobús y nos despedimos. Nos hablamos por teléfono, yo estaba en Marbella ese verano.


Días más tarde de su accidente, me dijeron que había muerto. Por lo visto, un niño de esos de pueblo, brutico él, había prendido fuego al vestido de Dama de las Camelias que llevaba -una falda de plástico- y lo quemó horriblemente. Murió a los días tras una horrorosa agonía por insuficiencia hepática. Ocaña había tenido una hepatitis que jamás curó totalmente debido a su anarquía y descontrol vital.

No como dice el presunto periodista que iba vestido de Dama del Sol y una bengala le prendió el vestido... No, un brutico cantillano fue suficiente.


Los que le reprocharon de todo, luego se abalanzaron sobre su obra y despojos con ansiedad (¡siempre pasa igual!) y luego es cuando llegan los cantamañanas gacetilleros y tratan de crear un maldito donde únicamente había un emigrante andaluz, con bombín inglés, bastón de caña, chambergo hasta los pies, zuecos gallegos y pantalón hippie, gafas redondas, fular largo y un maletín de médico antiguo lleno de perfumes de pachulí que iba vendiendo en las terrazas a las amigas en aquellas inmensas noches de la Rambla y el Café de la Ópera.

Ocaña era único pero no un pintor genial, pero sí una inmensa personalidad y un enorme corazón, fiel amigo de los amigos que ha dejado recuerdo imborrable en una generación de la que no queda más que la ceniza: Adolfo en Santander, Quinnie en Barna, Anarcoma en la Plaza Real y el resto muertos por la vida, las drogas, el SIDA o su ego. Por eso, para cuatro que lo sabemos, mejor dejarlo aclarado a tiempo, que tonterías en la vida sobran.


Fuentes: El Mundo, pág. 8, 1 de agosto de 2005.
Referencias:
Ocaña, retrat intermitent, una pelicula infame de Ventura Pons.

Ales
18/08/2005

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