OCAÑA Y SU RETRATO (DE LA CONCIENCIA DRAMÁTICA)




OCAÑA, RETRATO INTERMITENTE

Título original: Ocaña, retrat intermitent. –Producción: Española, 1978. –Guión y dirección: Ventura Pons. –Fotografía: Lucho Poirot (en color). Sonido: Enrique González. –Montaje: Emilio Rodríguez y Valeria Sarmiento. –Música: Varios autores. –Intérpretes: Ocaña, Camilo, Nazario, María de la Rambla, etc... –Estreno: Cine Trabajo.

BUSCANDO RAÍCES

Habría muchas formas, y todas ellas válidas, de comentar y analizar este insólito filme de Ventura Pons. Cualquier punto de vista, sea de la procedencia que sea, hallaría motivos sobrados para calar hondo en sus resultados, sus presupuestos y su procedimiento. Su mayor virtud, sin duda ninguna, reside en poder soportar cualquier análisis. La discusión, por suerte, no es dable plantearla a niveles formales ni siquiera temáticos. El rechazo, el único posible, se halla a kilómetros-luz de la verdadera esencia del filme. Ventura Pons ha realizado, con «Ocaña, retrat intermitent», la primera crónica cinematográficamente lúcida de la España de los últimos treinta años. Un marginado es su protagonista. Una cultura tamiza el fondo del personaje. Una herencia secular atraviesa, de parte a parte, la pantalla recogiendo datos intermitentes que, reunidos, forman un atractivo «puzzle» lleno de sugerencias, de tristeza, de alegría, de dolor, de cariño, de realidad, de libertad, de verdad...

La entrevista con Ocaña, salteada a lo largo del filme, es una confesión a tumba abierta en la que el objeto interrogado prescinde «per se» de toda afectación, «pose» o «piel de plátano», para bascular, al ritmo de un lenguaje vivo y rico, entre su presente y su pasado, sin omitir nada que arrastrara lagunas de contenido, sin dejar al azar ninguna respuesta al macrointerrogante que todo espectador se hace ya desde el inicio. Cada confesión va arrancando en el interior de una conciencia dramática (teatrera, diría él) borbotones de vida que se plasman en unos aguafuertes cuya escenificación esperpéntica deben tanto a Goya como a Valle-Inclán, los Quinteros estilizados, la hibridez del flamenco folklórico, el profundo sentido de la muerte pagana de los andaluces, el sentir barroco, la ornamentación excesiva de las manifestaciones externas, el folletín como sublimación romántica del amor y las costumbres enraizadas y manipuladas para evitar que una colectividad encuentre la respuesta a sus constantes preguntas. Ocaña es la sublimación lorquiana de la sensibilidad andaluza, el compendio de un sentir cuya falta de ejercicio ha arrinconado lastimosamente los, quizá, últimos vestigios de una civilización milenaria. Como estandarte de una marginación tristemente obsesiva, Ocaña intenta resumir en una sola existencia lo que su pueblo ha ido dejando a jirones por un camino de sangre. Por eso, suya es la asunción gloriosa y suyo el poder de escandalizar las conciencias de la represión, organizada o no. La máscara, la saeta, los tambores, la procesión, la mantilla, la peineta, los nichos y las flores mustias, los encajes, los tacones, la sevillana, el color de la sangre, la ingenuidad pictórica, la exhuberancia plástica, el sexo violento y carente de sutileza son constantes que se suceden ordenadamente en un montaje progresivo camino de la identificación con la tierra y, por tanto, en busca de las raíces auténticas. Ventura Pons ha comprendido perfectamente al personaje porque lo ha aceptado tal como es y no intenta asumirlo para su propia causa (la que sea no se sabe por qué no aparece). Ocaña no admite dobleces porque su vitalismo va parejo con una autenticidad cuyo enmascaramiento fílmico produciría colores de tonos equívocos en el rostro del artífice. Como el mismo realizador ha declarado, tan sólo dos secuencias tienen, por así decirlo, firma, y son puramente informativas o, si se quiere, explicativas. El resto, o sea, prácticamente todo el filme, es un ejercicio concienzudamente humilde en el que Ocaña se desnuda con una sinceridad entrañablemente brutal. No haber cedido a las tentaciones de recrear un argumento de una riqueza extraordinaria, es la mayor cualidad de Ventura Pons, filmador oculto de una realidad y sus irrealidades provocadas, primer testigo de un «strip-tease» sin red protectora y acusador de todo un sistema (acusador implícito) que utiliza la expresión cinematográfica como halago a la clase dominante. Si el cine pobre es aquel que no tiene dinero, «Ocaña, retrat intermitent» lo es. Pero si el cine pobre es el que no tiene nada que decir, «Ocaña...» es un filme de una riqueza muy difícil de superar: en belleza, en veracidad, en autenticidad, en humildad, en complejidad temática, incluso en contenido social y político. Por eso no dudo en considerar a «Ocaña...» uno de los filmes más importantes del último cine español.

Zacarías Cotán


Publicación: SUR/OESTE
Fecha: 10/09/1978
Página: 22
Autor: ZACARÍAS COTÁN



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