OCAÑA Y LOS MALDITOS (DEL ADELANTADO INCONSCIENTE)




NUESTROS MALDITOS... / Ocaña

El felizmente estrafalario José Pérez Ocaña, espíritu libre, travesti y libertario a su manera, fotografiado por Colita.

La Virgen de las Ramblas

Ocaña pertenece a esa cohorte de seres que, al amparo de lo que sobre sí mismo dijo Oscar Wilde (puse el genio en mi vida y sólo el talento en mi obra), acaban necesitando de un biógrafo que les dé entidad de personajes cuando sus verdaderas obras –sus vidas– dejan de generar recuerdos.

Ocaña tuvo suerte: Ventura Pons realizó un espléndido documental que testimoniaba la arrogancia y la ingenuidad, la ternura y la rareza de este personaje legendario a quien se apodó La virgen de las Ramblas, La reina de la Plaza Real o, más tímidamente, La diosa Ocaña.

Pintor naïf enamorado de las vírgenes andaluzas, del rollo litúrgico y las barroquerías del sur, se ganaba la vida pintando paredes. Cuando Ventura Pons lo filma para resumir su leyenda y expandir su misterio, Ocaña asegura que hasta hace muy poco nunca había sabido qué significaba la palabra homosexual.

Está enamorado de la familia, del concepto familia, del calor del hogar. Presume de quedar encantado de las bombas que hacen correr a las gordas burguesas y de no gastar una neurona en preguntarse qué opinarán los que le ven travestido de dama fatal por las Ramblas.

Ocaña es una muestra envidiable de que en el fondo sólo hay una fiesta que merece ese nombre: el carnaval. «En la pureza de Ocaña radica su carácter subversivo», escribió Fernando Trueba comentando la película de Ventura Pons. Y sigue: «Ocaña es un personaje difícilmente manipulable por unos y por otros. Es un personaje rico, complejo, contradictorio. Que tan pronto critica a la CNT como hace una apología de la familia».

Pero por debajo, nada una insondable tristeza que, también ella, se disfraza continuamente. La tristeza, acaso, del que sabe que, por muchos esfuerzos que acometa, al final siempre habrá un momento en el que la conciencia le recuerde que está interpretando un papel estelar en una obra mediocre.

Es la España que aun apenas se atreve a gatear hacia la democracia. Poco a poco, en los bares y las noches, va emergiendo una generación que entenderá que no hay verdad que merezca la pena si no trae adherida al caparazón mucha alegría. Alegría es la coraza que se impone Ocaña todo el rato: de hecho, sus cuadros, a menudo llenos de imágenes religiosas, de ángeles naïf, carecen del más mínimo asomo de sombra o culpa. Es un provocador. Se le considerará un «peligro social», pero eso no dice nada acerca de él, sino de la sociedad que lo etiqueta de peligroso.

Es un adelantado, pero un adelantado inconsciente, que se conforma con que lo dejen en paz, con hacer de las Ramblas su pasarela diaria para lucirse y de la Plaza Real su pequeño reino para reír y disfrutar. Terenci Moix valoraba a Ocaña, el personaje real y también el personaje de Ventura Pons, agradeciéndole que no pidiera excusas por ser como era: ahí radicaba su excelente arrogancia.

Luego, claro, hay un cargamento de anécdotas: como todos los que ponen el genio en sus vidas a la espera de un biógrafo que los convierta en personajes, Ocaña iba produciendo anécdotas como adalid improvisado de la contracultura y como maestro de la fiesta permanente. Su personaje tenía un carácter liberalizador, de conquistador de la calle, que no podía contar con que años después una legión de imitadores –que acaso ni sepan su nombre– habrían de institucionalizar su figura montados en carrozas por las calles.

Lo escribió Terenci Moix: «El travesti fue revulsivo antes de convertirse en moda. Una vez incorporada su figura al comercio de las revistas más o menos eróticas que nos invaden, se convirtió en un fenómeno todo lo más divertido. La nostalgia del andrógino ideal pierde cuando se la encuentra colgada semanalmente en un quiosco».

Ocaña no invocaba lanzamiento publicitario ni explotación comercial. Era una celebración de la frivolidad, con su punto de melancolía y lágrima fácil: su patetismo era un gigantesco grito de libertad en el que toda una cultura largo tiempo reprimida se manifestaba sin contención después de una larga noche de represión y aburrimiento.

Todo había de ser espectacular en Ocaña. Su muerte accidental parece ideada por un guionista: disfrazada de Diosa del Sol, una bengala se prende al vestido y el personaje sale ardiendo.

DNI
Quién: José Pérez Ocaña nace en Cantillana (Sevilla) en 1947 y muere en 1983. Filias: La Semana Santa, el ruido, el folclore, el fetichismo religioso, Juanita Reina, Concha Piquer, los cohetes, los chulos. Fobias: El aburrimiento, las prohibiciones, los toques de queda, cualquier organización. Más: Ventura Pons lllevó su vida al cine en Ocaña, retrat intermitent.

Juan Bonilla


Publicación: EL MUNDO - SUPLEMENTO UVE
Fecha: 01/08/2005
Página: 08
Autor: JUAN BONILLA



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