
What is the nature, then, of Cardín's anomaly,
the factor wich rendered him invisible and silent?
Paul Julian Smith
(Back to front: Alberto Cardín’s queer habitus, p. 137)
28-10-11: Acabo de escanear la portada del Detrás por delante de Alberto Cardín. Me la han pedido para la maquetación del catálogo que Pedro G. Romero ultima sobre Ocaña. Por lo visto, Carles Guerra, que es quien dirigió el proyecto de La Virreina y la coproducción con Montehermoso, quiere desenterrar a Cardín como teórico y adalid de lo queer. Nada que objetar, aunque el olvido que sepulta a Cardín es muy distinto del que pesaba sobre Ocaña y, paradojas de la vida, puede que esto se deba precisamente a lo queer.
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| Alberto Cardín y Adolfo Fernández-Punsola (Foto: Conchita Fernández-Punsola) |
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| Recorte de diálogo entre Alberto Cardín y la gente de Diwan: -El psicoanálisis es importante. -Sí, es preciso estudiar profundamente. (Dibujo: Adolfo Fernández-Punsola) |
Beatriz Preciado, otra materialización corpórea de lo queer, devoró toda la biblioteca de Cardín antes de redactar La Ocaña que merecemos: historiografía queer, subalternidad y políticas performativas (texto que se incluirá en el susodicho catálogo de Pedro G. Romero) y, tras el empacho, llegó a la misma conclusión que Adolfo: "El pensamiento de Cardín me parece realmente interesante, simplemente, no se atreve a ejecutar el salto mortal... Eso no me defrauda, pero me parece extraño que no fuera capaz de entender que los nuevos lenguajes del Front Homosexuel d'Action Révolutionnaire francés hubieran podido ser el trampolín ideal para su proyecto antropológico".
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| De izquierda a derecha: Adolfo Fernández-Punsola, Víctor, Quique Rada y Alberto Cardín mirando desde detrás de una cortina... (Dibujo: Adolfo Fernández-Punsola) |
Laurentino Vélez-Pelligrini, ya en otro tono, añade más motivos, pero estos ya para enterrar definitivamente a Cardín. Es por eso, y sin ningún afán de polémica, que reproduzco a continuación su artículo, el más interesante que se puede encontrar en la red acerca de Cardín, no sólo porque se aleja de los panegíricos y las elegías, sino también porque, hablando de Ocaña, Jesús Garay, Federico Jiménez Losantos, Adolfo Fernández-Punsola, Biel Mesquida y tantos otros, hace memoria. Acta sanctorum, vamos.
(un texto de Laurentino Vélez-Pelligrini
aparecido en su blog, TRIBUNA LIBRE, el 13 de abril de 2011)
| Alberto Cardín |
Desde luego, para quienes tuvimos que vivir la experiencia dramática de la pandemia, Cardín es todavía menos referencial. Es suficiente con recordar las barbaridades que, ya a las puertas del otro mundo, Cardín pudo llegar a decir, defendiendo el derecho del enfermo a la autodestrucción y no sé sabe que más despropósitos sobre el poder médico y reflexiones metafísicas sobre la muerte. Lo cual resultaba anacrónico para un movimiento de lucha contra el Sida que hizo, por utilizar la célebre fórmula de La Radical Gai, de "La supervivencia como revolución" un lema y de la lucha contra el tanatismo un objetivo primordial. Respecto al Sida, Cardín fue una vedette equivalente a la que llegaron a ser en Francia Hervé Guibert, que también se lució diciendo tonterías, como la de aceptar públicamente la llegada de la muerte. Indignando, como no podía ser de otra manera, a los líderes de Act-Up-París, que reclamaban a gritos inversiones en investigación y denunciaban la inhibición de las instituciones sanitarias y del Estado.
De Cardín tuve noticia con apenas 17 años, como estudiante del C.O.U. de entonces y cuando ya me había decidido por la Ciencia Política como carrera universitaria. Yo era por aquel entonces uno de esos maricas de provincia (para más precisión, de Ponferrada) que poca oportunidad tenía de contactar con el mundo gay y al que sólo le quedaba el consuelo, por un lado, de la revista Party (que leía a escondidas, más pendiente de los guapos efebos haciendo gala de potencia fálica que del texto) y, por el otro, de los cuatro homosexuales "armarizados" y sin ninguna autoestima que conocía en aquella reaccionaria y homófoba ciudad de la España "profunda".
Del Sida nada sabíamos. Recuerdo que después de leer una entrevista a Cardín en Cambio 16, a mediados de los 80, le pedí a un librero "progre" de la ciudad que me buscase el listado de libros publicados por él. El primero que me llegó fue Sida: ¿maldición bíblica o enfermedad letal? Aquella edición fue el producto de las circunstancias de la época, de la poca información que se tenía sobre la pandemia, sólo compensada por la amplia documentación recopilada por Armand de Fluvià. Aunque los agravios comparativos sean odiosos, es verdad que aquella recopilación de Cardín resulta ridícula si la contrastamos a los excelentes trabajos que publicaron años después Juan Vicente Aliaga y José Miguel G. Cortés, De amor y rabia, o la compilación icónica de Ricardo Llamas, Construyendo sidentidades.
Cardín fue un excelente compilador y editor de textos que eran desconocidos en España (y un ejemplo quedó encarnado en Guerreros, chamanes y travestis), pero no veo en su producción una obra teórica "mayor" comparable a los trabajos que empezaron a publicarse en España en los 90, bajo la influencia o no de la teoría queer. Un texto como Tientos etnológicos se reveló un libro que, reseñado, parecía poco menos que Las estructuras elementales del parentesco, para después no ser en realidad otra cosa que una colección de artículos periodísticos.
Lo escandaloso es que muchos de aquellos trabajos de los que no era el autor, sino muy respetable coordinador o compilador, apareciesen en sus referencias (en prensa o en carátulas de algunos de sus textos) como obras propias. Y aquí no es que Cardín fuese el precursor de la teoría queer, sino el de ese arte hoy tan extendido que es el de "inflar" currículums, o sea, el de atribuirse méritos que no se tienen. En cuanto a narrativa y poesía, lo suyo era como esos cuentos que se distribuyen gratis en el metro de Tokyo: o sea de esos que se leen durante el trayecto y después se tiran a la papelera junto al título de transporte.
El listado de artículos son, en cuanto a ellos, innombrables. Pero una vez más, hay una parte decepcionante, porque bien son reseñas, bien artículos de opinión, bien ensayos de tono periodístico. Yo a eso no le quito mérito, pero no es suficiente como para convertirle en un Levy-Strauss, por grande que fuese su agudeza, eruditos que se revelasen sus conocimientos y justificadas que resultasen sus críticas a la frecuente mediocridad que existía en la llamada "cultura española". Sus libros más importantes como autor fueron publicados después de su muerte, sobre todo a iniciativa de algunos de sus amigos, como fue el caso de Manuel Delgado, en especial su tesis doctoral, Dialéctica y canibalismo o Un cierto psicoanálisis. Con esto concluyo que Cardín no fue el genio que muchos han pretendido, sino, en el mejor de los casos, un brillante polemista, con la cabeza bien amueblada y el desparpajo y brío suficientes como para no pasar desapercibido. Ante tal constatación, sigo sin entender a qué es debido ese "culto" sacrosanto que hoy algunos tienen tendencia todavía a guardarle.
Alberto Cardín es un intelectual que encontró su gloria a finales de los años 70 y para el que resultaba fácil ser un "transgresor" y despuntar después de cuarenta años de dictadura. Asturiano e hijo de un fabricante de camisas, estudió antropología, filosofía y teología, para después instalarse en Barcelona, donde compartió periplo con la vanguardia intelectual de la época. Nido de conspiración retórica del antifranquismo intelectual, es en el Café de la Ópera que se unió a personalidades como Biel Mesquida, Adolfo Fernández-Punsola, su primo y director de cine Jesús Garay, el anticuario José María Caralt (que era el que le facilitaba algunos de sus trajes a Ocaña), y Federico Jiménez Losantos, por aquel momento en búsqueda de una fama que, no habiéndo conseguido como indómito izquierda telqueliano acabó conquistando como energúmeno vocero mediático de la caverna española. Fernández-Punsola y los primos Garay y Cardín eran originarios de Cantabria y Asturias, de ahí que se hiciesen conocer como "los del Norte".
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| Ocaña |
De Cardín se lamentaron en muchas ocasiones de que no hubiese escrito un libro sobre Ocaña, dado que se le consideraba como el primer teórico de la subcultura gay en España. Malo habría sido, a pesar de todo, que un personaje como Ocaña, cercano a la gente de a pie y salido de entre ella, hubiese terminado por convertirse en algo lejano y sólo accesible para las mentes maravillosas como la del antropólogo asturiano, convencido de ser un Franz Boas hispánico, cuando estaba muy lejos de serlo. Habiéndonos por fortuna ahorrado Cardín su retrato de Ocaña*, que con toda seguridad habría sido un rosario de pedanterías, el trabajo de Ventura Pons, Ocaña, retrat intermitent, permanece sin duda como el gran documento de referencia y sobre todo como el más fiel al perfil humano del personaje.
La figura a la que desde luego se quedó vinculado Alberto Cardín es a la de Jiménez Losantos. Ambos fundaran la revista Diwan, para después entrar en un trifulca personal coincidiendo con el inicio del periplo de Jiménez Losantos hacia la extrema-derecha. Aunque por lo que parece aquello nada tenía que ver con la evolución ideológica de Losantos, sino con una lucha por el poder que Cardín acabó perdiendo en el seno de la revista. De dicha etapa, también formó parte su experiencia como colaborador de El Viejo Topo, que era la publicación de vanguardia de la época y donde empezó a escribir sus primeros artículos. A pesar de que las generaciones más jóvenes lo ignoran, El Viejo Topo fue la primera revista en España en publicar artículos sobre la cuestión gay y donde, además de Cardín y Jiménez Losantos, también participaron Biel Mesquida, Lluís Fernandez y Jordi Llovet, que por aquel entonces constituían la élite intelectual gay de los 70.
Miguel Riera le profesaba a Cardín una verdadera admiración, hasta que la entrada en disputa de Jiménez Losantos con Riera ( tras negarse este último a publicar "Lo que queda de España"), provocó la ruptura. Jiménez Losantos, Biel Mesquida y Alberto Cardín iniciaron en efecto una campaña difamatoria contra El Viejo Topo y Miguel Riera, a finales de los 70 y en plena Era Tarradellas, acusándole públicamente de haber incumplido un compromiso editorial del que no había constancia documental y que refería a un manuscrito sobre el que el editor ya había expresado su negativa a publicarlo, a causa de sus contenidos ideológicos escandalosos. Ex-militante del PSUC, Jiménez Losantos parecía divertirse a lo "Nouveaux Philosophes", que eran los que estaban en boga a finales de los años 70: antiguos maoistas como André Glucksmann, Bernard-Henry Lévy y Jean Marie Benoit, que impactaron mediáticamente tras denunciar los crímenes del estalinismo, exaltar las virtudes del sistema capitalista y anunciar su paso a la derecha.
En efecto, Lo que queda de España será el punto de inflexión de Jiménez Losantos hacia el estrellato. A Cardín, Miguel Riera no le volvió a dirigir la palabra a raíz del asunto, no esperándose que el antropólogo se pudiese haber prestado a participar en las intrigas de Losantos y, sobre todo, a corroborar hechos que eran falsos. Miguel Riera no era partidario de publicar un libro con textos ya aparecidos en otros sitios, porque no tenía buena salida editorialmente hablando y así se lo había hecho saber a Jiménez Losantos en presencia misma de Mesquida y Cardín. Parece ser que Jiménez Losantos le echó todo enfurecido a Riera el manuscrito a la cara, jurando venganza: "¡¡Te acordarás de esto!!" Y así fue y así acabó también la relación de Riera con Cardín. En su libro de memorias de juventud, La ciudad que fue, Barcelona años 70, Jiménez Losantos sigue en sus trece, afirmando que Riera había roto un compromiso sin previo aviso, ni explicación, cuando en realidad nunca lo había adquirido. Yo no estuve allí y en última instancia la historia me interesa como "episodio" de la historia cultural de este país o, si se me apura, por ese marujeo que despiertan en mi la curiosidad por los "trapos sucios" del mundo de la cultura. En cualquier caso, ya llevo unos años de relación y colaboración en El viejo topo para dar fe de la integridad de Miguel Riera como director editorial.
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| Biel Mesquida en 1998 |
Cuando aprobé la selectividad y me instalé en Barcelona, en la segunda mitad de los 80, terminé moviéndome por el Institut Lambda (hoy Casal Lambda). Por aquel entonces todavía faltaban algunos años para que llegasen a nuestras manos autoras y autores como Sedgwick, Butler, Bersani, Halperin, Eribon y otros tantos que referenciaron los debates teóricos de los 90. Oscar Guasch ni siquiera había acabado su tesis, Alberto Mira ni estaba asomado y en Madrid, gente como Llamas y Vidarte se encontraban todavía por llegar. De ahí que prácticamente los únicos referentes fuesen Armand de Fluvià y Jordi Petit en el plano político y Alberto Cardín en el intelectual.
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| Fluvià, junto a Petit y Cardín, era casi el único referente en los 80 |
Cardín murió en el 92, llegándome la noticia por casualidad, en un cóctel en el Instituto Cervantes de París, donde uno de los asistentes llevaba un ejemplar de El País que publicaba su necrológica. Sería mucho decir que su muerte me alegró, pero el recuerdo de aquellos amigos del Instituto Lambda (muchos de ellos ya desaparecidos) y de aquel esperpéntico acto sobre Copi, hizo que me volviese al espíritu la imbecilidad de aquel estúpido pretencioso. Si la muerte de muchos intelectuales a raíz del Sida me conmovió o al menos conmocionó, la de Cardín me dejó en cambio completamente indiferente. Dicen que a todo cerdo le llega su San Martín. Y como tal, a Cardín le llegó el suyo.
Las fases terminales en la enfermedad del Sida eran por aquel entonces terribles. Así me consta de mi experiencia como voluntario en AIDES en París con enfermos a las puertas de la muerte. Aquí sólo puedo tener un recuerdo para ellos y decir que su sufrimiento fue el mío. No le deseo un tal final a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo. ¡¡Pero en lo que concierne a Cardín, pues casi estoy por celebrar que los nuevos tratamientos, hoy esperanza de vida para muchos seropositivos, no llegasen a tiempo para salvar al genio!! ¡¡Qué tortura de haberle tenido con nosotros!!
A lo que quiero llegar aquí, es que tenemos hoy una traducción teórica lo suficientemente honorable (repito, incluida la queer) que no necesita buscar referentes en el pasado, ni en sus gentes, más todavía cuando su aportación es nula. Y aquí creo que tuvo razón en su momento mi amigo Alberto Mira, cuando dijo que Cardín no había contribuido en nada a la crítica del heterosexismo. Todavía así, considero que Mira fue bastante generoso con él en De Sodoma a Chueca, al presentarle como un aristocratizante e individualista Dandy wildiano. Alberto y yo hemos debatido en muchas ocasiones sobre Cardín y coincido con él en que ese estilo polemista que le fue característico, más centrado en su propio ego que en otra cosa y más estratégicamente pensado para la autopromoción que para el debate, no puede ser referente de nadie. Aun así, pienso que Mira se muestra elegante de más, sobre todo en ese constante esfuerzo suyo por valorar la memoria colectiva de nuestra historia cultural, durante décadas "armarizada" y que hoy debe ser conocida. Y aunque como él me aconseja a menudo, haría bien en cuidar mi lengua de "trapo", por esta vez la voy a volver a refregar: aquí queda claro que lo que hay que hacer es ¡¡Quemar a Alberto Cardín!!
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| Considero que Alberto Mira todavía fue muy generoso con Cardín |
Laurentino Vélez-Pelligrini
* Cardín trazó un retrato de Ocaña en Renata Saldaña, uno de los cuentos de Detrás por delante.
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