OCAÑA Y EL SANTORAL MARICA (DE LA INQUINA CARDINA)





¿QUIÉNES SON LAS DIVINAS?

De todas las locas de la tierra, sólo Divine ha tenido el atrevimiento de declararse Dios, y matar a sus enemigas en consecuencia. Las demás se conforman con matarlas con la vista, por eso a lo más que pueden aspirar es a ser santas. Divine, la de Genet (la otra, ya lo habían adivinado, es la de Pink Flamingo) aparece en el doxologio de su miseria tomada en serio. Yo creo, como Copi, que a las locas no puede tomárselas en serio, por eso decidí santificar en broma a Renata Saldaña, en quien bastantes reconocieron a Ocaña, y en parte lo era.

La santidad, como la Iglesia nos ha enseñado, no es más que la modelización de una vida como ejemplo de salvación, pero aunque ésta, meta común de los humanos, es una sola, las vías son múltiples, de ahí la amplitud del santoral cristiano. Había en otro tiempo categorías diversas de santidad: confesores, mártires, vírgenes, profetas, giróvagos, estilitas... hoy en día no queda otro camino para la santidad que el martirio: es el único sobresaliente, todos los demás se han banalizado.

Pero el martirio no tiene por qué suponer la muerte. No hay sin duda peor martirio, ni peor muerte, que la muerte lenta de la propia pasión, y el sacrificio continuado de la identidad propia, dado lo frágil que ésta puede ser hoy día. Los travestís, por ejemplo, contra lo que todo el mundo parece pensar, viven un martirio constante: depilados, cicatrices, líftings, inyecciones, y sobre todo, el sacrificio de la carne. ¿Qué travestí entregaría tres horas de trabajo ante el espejo para parecer una mujer por un beso, o más, por un acueste? Las travestís son las modernas ascetas, las únicas que verdaderamente entregan su vida entera por un ideal, tan abstracto además como pueda ser la misma divinidad: la identidad sexual (hoy más que nunca).

Pero la santidad requiere además un esfuerzo continuado, una tensión constante hacia una meta insegura, y con unas fuerzas nada fiables. Nadie está seguro de poder salvarse, y sobre todo, nadie está seguro de no desfallecer. Es posible ganar la salvación en el último instante como D. Juan si la gracia ayuda, o condenarse por un acto último de desconfianza, como el eremita de Tirso de Molina. La divinidad, como sabían los antiguos, es azarosa, y el azar hay que estar atento para cazarlo al vuelo. Todos podemos ser santos -o famosos- por un instante, y ante la humanidad entera, como bien ha dicho Andy Warhol, pero mantener la santidad de modo permanente es cosa más difícil.

Ocaña es uno de estos casos de pertinacia hacia la santidad, que ha acabado en el travestismo como los hipetras antiguos acababan solos en un monte: era el camino más difícil, pero también el más considerado. Ocaña saltó a la fama con una película, pero ya lo decía allí: ella es pintura. Resulta difícil en estos tiempos discernir el oficio de cada uno, cuando de cosas no pedestres como el trabajo cotidiano se trata: se puede, por ejemplo, querer ser escritor, y tener que salir a hacer el payaso en televisión, o ser actor y verse obligado a escribir un libro para consumar la fama, o bien político, y ser un consumado volatinero. Ocaña captó esto en su momento y empezó a decorarse y a exhibirse a sí mismo, para poder llegar a exhibir su trasunto, es decir, sus cuadros. Todo, como se vé, viene a desembocar en una marxistísima teoría de la alienación: hemos perdido nuestro valor de uso, y tenemos que echar mano de un valor de cambio para poder valorizarnos, lo que una vez conseguido, no restituye ningún original valor de uso, porque se está en el mercado.

Bueno, pues Ocaña, que empezó siendo pintor por vocación, tuvo que hacerse travestí para poder ser actor, y una vez actor empezó a vender cuadros, y cuando ya no se sabe muy bien si pinta, gesticula, baila o recita saetas ha tenido estos días de atrás un considerable éxito pictórico en Mallorca: lo ha vendido todo, lo que en los tiempos que corren raramente ocurre, y encima ha conseguido unos cuantos sustanciosos contratos para decorar villas, bearns y masías (entre ellas algunas de los March) por todas las Baleares y las Pitiusas.

Nazario, pintor de comix que finalmente ha salido au grand jour con su reciente libro S. Reprimonio y las pirañas, prologado por Terenci Moix, ha recibido de la misma galería de Palma, Els quatre gats, una oferta de exposición. A Nazario todo el mundo lo vincula con Ocaña por haber salido en su película y porque son amigos. Moix, el primero, que hace unas semanas dedicaba una de sus columnas en El Periódico a contraponer a ambos, como verdadera vanguardia, con Biel Mesquida, hasta no mucho ha (justamente hasta su affaire con El Viejo Topo) considerado como el mejor representante de la vanguardia literaria catalana. Sin embargo Nazario duda de querer exponer, y hasta casi de querer vender. Bien es cierto que tiene en perspectiva pegarle un mordisco de 7.000.000 de leandras a la casa editora del último disco de Lou Reed, que le plagió con el mayor descaro la portada. Pero no es ése el problema. El problema es, ni más ni menos, de diversidad de vías a la santidad: Nazario no ha tenido que pasar por el travestismo, para tener que ser reconocido como dibujante Nazario se traviste de cachondeo, pero ni él ni nadie se lo cree. Nazario, como toda loca, dice a veces que «es divina», pero no lo implica. Es en definitiva, el problema de la modelización y del martirio, de la santidad y la divinidad, de situarlo, como diría Lacan, a nivel simbólico o a nivel imaginario.

Terenci Moix, en la columna antes citada, decía que él que sólo había otorgado la divinidad a la Callas, se la otorgaba ahora también a la Ocaña. Otorgar la divinidad es una expresión un poco fuerte, pero quienes hayan leído Yo, Claudio con cuidado saben de qué va la cosa, ya que los procedimientos de la Iglesia quedan un tanto lejanos en estos días: quien otorga la divinidad se pone por encima de  aquél a quien diviniza. El desprecio por el divinizado es evidente, pero al mismo tiempo da la medida del divinizador: quien es omnipotente no tiene necesidad de darse dioses, pero quien se los da, se da un rasero, por más que esté por medio el poder de elevarlos. Hay que tener cuidado con qué se diviniza.

Alberto Cardín

Revista de Asturias, jueves 15 de febrero de 1979, núm. 5, pág. 7.


Publicación: REVISTA DE ASTURIAS
Fecha: 15/02/1979
Página: 7
Autor: ALBERTO CARDÍN

Nota de LRDV: agradecemos a Ernesto Castro que nos haya hecho llegar este artículo.



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