OCAÑA EN CHICAGO (EN VEZ DE MORIRSE, CANTA)




HEMEROTECA (¿?/¿11?/¿1979?):

INTERIORES / EXTERIORES


Maruja Torres

Ocaña se abanicó en Chicago


Con Ventura Pons [y Miquel Sanchís]

Con Karen Black y su novio

Con Tom Haydon [y Ventura Pons]

Recibo llamada de larga distancia. Hyannis Port. Es ella. ROSE KENNEDY. Voz angustiada: «Lo han vuelto a hacer, han querido apuñalar a mi TEDDY. Tú tienes la culpa, ¿por qué le abandonaste?». Yo: «Mujer, no estábamos hechos el uno para la otra». Qué perra le ha cogido, a la buena mujer. Me quiere ver inmediatamente, suerte que tengo un abono para el Concorde, llego y simplemente la beso y advierto: «Ojo, darling, que lo vuestro tiene mucho morbo y excita al personal. Igual el próximo atentado lo lleva a la pantalla VAZQUEZ FIGUEROA». Heavens, musita, y se desmaya: se le han electrocutado los rizos, ya no se hacen rulos como los de antaño. Tomo el primer expreso y me planto en Chicago a tiempo de asistir en el 1.525 North State Parkway –en la «Mansión Playboy»– a la fiesta que HUGH HEFFNER organiza para nombrar chicagana de honor a KAREN BLACK. Horrorizada descubro en un rincón a OCAÑA: maldición, lleva un abanico idéntico a mi peineta. Me la quito y se la clavo en las sienes, pero en vez de morirse me canta: «Yo soy la otra, la otra». «Lo siento, me equivoqué de flamenca», me disculpo, pero ya se ha aferrado a mi moño e intenta asaetearme con su lengua viperina. Por ventura, VENTURA PONS me rescata y, zas, de sopetón, me suelta todo sobre «Ocaña, a gay portrait», que es el título con que su película ha estado presente en el Festival de Chicago. Un éxito, una ansiedad, unos aplausos, dice VENTURA. Y yo con unas ganas locas de ver a HEFFNER a ver si me contrata de playmate y me mandan la próxima guerra, en plan APOCALYPSE NOW. Pero nada. Me dicen que está encerrado con su taxidermista. Ellos sabrán. Maldición.



Publicación: Fotogramas, n.º ¿?
Fecha: ¿?/¿11?/¿1979?
Página: ¿?
Autoría: (texto) Maruja Torres y (fotos) Richard Klein

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

> HEMEROTECA OCAÑÍ

OCAÑA Y SU PRIMAVERA (DEL PATITO FEO Y LA LUNA)



HEMEROTECA (¿?/¿04?/1982): 

Ocaña pinta angelitos verdes 


Las vírgenes ascendieron a los cielos a la altura de la cúpula de la capilla del antiguo Hospital de la Santa Cruz. Quedaron allí entre palomas, bendiciendo a los presentes y santificando los pétalos que angelitos de colores esparcían. 


Por la calle del Hospital, de Barcelona, se entra en el bellísimo patio hospitalario rodeado de antiguos edificios. Hacia las ocho de la tarde del 14 de abril, una muchedumbre invadió la capilla antigua, de considerables dimensiones, para asistir a la inauguración del montaje «La Primavera», de Pepe Ocaña, patrocinado por los Servicios de Cultura del Ayuntamiento. Brillaban por su ausencia las autoridades, los artistas consagrados y los críticos de arte, con unas pocas excepciones. Tampoco la televisión y otros medios de comunicación en cuanto tales estuvieron presentes, con otras tres o cuatro excepciones. Sin embargo, la escenografía de Ocaña es un fenómeno irrepetible por su riqueza, por su originalidad y por su atractivo. Y el público lo ha entendido así, y allí estuvo, y allí está cada día, llenando la capilla medieval, maravillado ante la exuberancia de este artista que representa su universo andaluz en la catalanísima institución hospitalaria de Colom.

«Ni creo en Dios, ni dejo de creer. Me gustan los fetiches» y Ocaña los hace de colores, asimetría, en papel maché.

Hacía tres años que Ocaña trabajaba en este montaje. Pintaba cuadros, hacía imágenes de papel maché, fabricaba flores de papel, alas, coronas. Tiempo atrás había realizado otra exposición memorable, también de óleos y de grupos de figuras, en la desaparecida sala «Mec-mec». Pero la de ahora habría de tener una mayor unidad, a pesar de su mayor variedad. Las obras realizadas fueron arrinconando a Ocaña, hasta dejarle apenas lugar para moverse en su estudio-vivienda de la Plaza Real.


El pasado 24 de marzo reunió a sus amigos en su piso, con motivo de su cumpleaños. Tres habitaciones estaban a rebosar de las más diversas obras, y en las otras dos, en el pasillo, por doquier, había que moverse con tiento para no romper nada o no ensuciarse con pintura. A última hora de la tarde, sus amigos se disfrazaron, tomaron velas e improvisaron una procesión, con la Virgen delante y el niño en brazos, por el pasillo en zig-zag, mientras las bocas imitaban el clásico redoble de las procesiones. Ocaña les detuvo en un recodo, con un gesto enérgico y sobrio, y le cantó una saeta a la Virgen, en un silencio sentido y perfecto.

A la Pastora la suben a hombros por las Ramblas en un cortejo de ángeles y músicos y el Padre Jesús con mantilla.

Cinco días después, los amigos de Ocaña llevaron en andas las enormes figuras y los cuadros, después de tirar al suelo un tabique del piso para poder sacarlos, desde la Plaza Real hasta el Antiguo Hospital, atravesando la Rambla. Un grupo de tres instrumentos les acompañaba interpretando música de jazz, popular y viva. Y la gente preguntaba.


Durante quince días, Ocaña y los suyos prepararon el enorme escenario que se habría de ver terminado el mismo día 14. Las casi mil personas que se apretujaban en el templo, entre las paredes llenas de cuadros y las capillas laterales adornadas con Vírgenes, pudieron admirar finalmente el altar mayor lleno de ángeles de papel maché y de carne y hueso, en una impresionante explosión de color y de luz, y luego a la Virgen de la Asunción que, saliendo del suelo fue elevándose poco a poco a los cielos pintados con estrellas, con la lentitud impuesta por una música de órgano, sagrada, mientras los ángeles vivos esparcían a manos llenas los pétalos guardados durante meses y para esta ocasión por las floristas de la Rambla, y dos o tres palomas revoloteaban en torno a la figura, de más de dos metros, de la Virgen. Aplausos.


El público se sentía feliz. ¿No ha estado pidiendo la gente, durante los últimos años, un arte vivo, una cultura «con marcha»? Allí estaban. ¿No se pedía también un regreso del arte a los orígenes, a lo popular, a lo perenne? Pues allí Ocaña ofrecía ese arte popular y sabio. ¿Y no hay ahora un clamor por encontrar de nuevo la comunión del hombre con la naturaleza? Eso es, principalmente, «La primavera» de Ocaña. En fin, la necesidad de no reducir Cataluña su cultura estricta, sino de enriquecerla con las otras culturas representadas por sus inmigrantes, tenía un claro ejemplo en la imaginería del mejor signo andaluz del artista de Cantillana.


Conviene imaginarse está capilla gótica, desnuda, que, por ello se usa como sala especial de exposiciones. El fondo de la nave ha sido convertido, en esta ocasión, en un enorme altar, sobre una tarima escalonada, que corona la Asunción, rodeada de numerosos ángeles y flores. En las dos capillas laterales pueden verse la Virgen del Rocío y la Virgen de los Pájaros, respectivamente. En el otro extremo de la nave, un «paso», de tamaño natural, con la Virgen Pastora, rodeada de corderos que manda un pastor. En las paredes, los cuadros. La impresión, desde el primer momento, es de fiesta, de alegría, de exuberancia, gracias al riquísimo colorido; y de religiosidad pascual y de mayo.

Tendrán que admitir que detrás del montaje hay un artista: Pepe Ocaña, con sus zapatos y sus gafas redondas.

Nos acercamos al altar mayor. Las figuras aladas, que de lejos eran ángeles, de cerca resultan ser de gente popular, sobre todo mujeres y chicos. Lo que el conjunto nos presenta como hermoso ideal, el detalle revela como realidad terrestre y cotidiana. Aunque debe decirse que también es válida la interpretación contraria: el pueblo, con sus características concretas, es elevado, por Ocaña, a la categoría angelical, sin idealización, como valor en sí mismo.


Vamos luego a ver la capilla de la Virgen del Rocío. Es una imagen muy popular, de color amarillo. Sobre ella prende la paloma del Espíritu Santo. Sin embargo, basta mirar esa paloma para ver que es un pato, el patito feo, quizá. Andersen, el marginado social y sexual, entendería esto. En esta exposición encontramos repetidamente el mismo fenómeno: lo espectacular, que llama primariamente la atención, se ve en cierto modo contrarrestado por esos detalles de ternura, de sencillez, de realismo popular, de ironía.


En la otra capilla, la Virgen de los Pájaros es un estallido de verdes: el fondo, verde claro, resulta de una calidad suave y aireada, en contraste con el verde del vestido de la Virgen flanqueada por palomas. Parece que la Virgen esté en una pradera primaveral, de flores de papel. Destaca en sus manos el pájaro que levanta como ofrenda. Su corona, en forma de estrella, lleva en las puntas cabezas de ángeles. El zócalo sobre el que se levanta la Virgen, es blanco, con extraños pájaros de colores, de formas retorcidas y colores subidos. Rodeándolo, ramos de flores, y una viejecita que sostiene un ramo de papel, de colores deliciosamente combinados, y que conjuga y se confunde con los adornos y vestidos de la mujer. Aquí vemos cómo la primavera unifica, gracias a la gradación de verdes y de flores, todo lo existente: cielo, Virgen, campo, mujer.


Pero esto es todavía más claro y patente en el «paso» de la Pastora y en el cuadro que cuelga detrás. El pueblo pintado aquí florece, es casi vegetal. La naturaleza armoniza el conjunto, pero sin necesidad de robar a lo singular los detalles reales. Aquí, y en todas partes, Ocaña contempla la fea realidad con ternura, y la inscribe en el marco espectacular de la naturaleza primaveral, como si recuperase la emoción de cuando era niño, cuando la naturaleza andaluza le invadía con toda su potencia.
Los doscientos cuadros que cuelgan de las paredes contribuyen a convertir este espectáculo en un universo, el universo de Pepe Ocaña, en su multiplicidad y en su unidad. Abundan sobre todo, los retratos, de sus amigos, de sí mismo. Es como si penetrásemos en el alma del artista y pudiésemos ver la eternización estética de sus amistades y del propio Ocaña, en diversos disfraces, de marginado voluntario, con el mantón y la peineta, en el féretro, muerto. Y cuadros de gatos, de Vírgenes, de procesiones, de mujeres en su casa; de esas mujeres que visten descuidadamente, pero que tienen la casa limpia. También en estos cuadros vemos la misma espontaneidad, aunque no hayan sido tan cuidados como las figuras de la imaginería. Ocaña aún no domina la pintura como domina estas imágenes de Vírgenes, de ángeles, de animales, pero su trazo ya es mucho más seguro que antes y, en algunos momentos, logra esa perfecta unidad, tan buscada por él de lo espontáneo y lo delicado, del conjunto admirable y el detalle real y significativo.


En el centro del crucero pende una luna gigantesca, blanca, humorística, como una réplica, femenina y demoníaca, del patito feo que está sobre la Virgen del Rocío. Quizá en ningún lugar se observa tan claramente el poder del artista y del andaluz como en la ironía de estas dos figuras dramáticas, el pato y la luna.

No hace dos iguales y les pone unos ojazos que para qué.

Decía antes que al entrar en esta capilla es como si penetrásemos en el alma de Ocaña. Pero esto no debe ser entendido como si la subjetividad del artista crease cuanto muestra. Tampoco en esto hay idealismo. Ocaña es específicamente mediterráneo: la realidad está fuera, con sus viejas, sus Vírgenes, sus ángeles, sus naipes, sus animales, sus hombres y mujeres populares, sus amigos, su primavera. Ocaña respeta el mundo como es y lo ama; su subjetividad lo ilumina, lo realza, lo expone artísticamente a la consideración de los demás. El alma de Ocaña es una alma de sabiduría ancestral, que conoce el secreto del equilibrio entre el hombre y el cosmos, entre el hombre y sus semejantes. Hay en este universo figuras dramáticas que nos hablan del dolor de ser humano, y también del sufrimiento del hombre concreto que es Ocaña. Pero aquella armonía no se rompe. Y por eso Ocaña la expresa con la alegría de la Primavera en el corazón desnaturalizado de la ciudad cosmopolita.

JOSÉ MARÍA CARANDELL.
Fotos: M. ARMENGOL Y COLITA.

Publicación: ¿?
Fecha: ¿?/¿04?/1982
Página: 90, 91, 92 y 93
Autoría: (texto) José María Carandell y (foto) M. Armengol y Colita

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

> HEMEROTECA OCAÑÍ

DE JOSÉ A OCAÑA (DE LA CALLE AL PAPEL)



HEMEROTECA (12/07/1977): 

Ocaña, el fetiche sevillano 



José, relleno de religión y folklore, canta, baila, grita, llora y ama 
Ocaña es libertad. Sale a la calle vestido de sevillana, muy maquillado, el pelo recogido en un castizo moño y cubriéndose sus huesudos hombros con un mantón de manila. Su imagen es un fetiche de la mujer andaluza. Su filosofía, cantar, reír, comunicar y divertir. Ocaña quería hacer teatro, pero en libertad, no en los límites de un escenario, de un personaje o de un sueldo. La calle es el escenario donde el público le aplaude sin comprarle, le habla y le pide que le bese. Y la sevillana fetiche besa, abraza y canta unas bulerías, porque le da la gana.


«Yo estaba en un pueblo de Andalucía, era homosexual, pero no podía decirlo. Estaba mal. Muy lleno de religión, hasta el punto que me sentía un iluminado. Me iba al campo y hablaba con la hierba y con las flores. Nadie más que ellas lo sabían. Tenía un amigo a quien quería mucho, estaba enamorado de él pero no podía decírselo. Mi amigo se suicidó. Yo le quería... A los 20 años le dije a mi hermana que era homosexual. Fue la primera persona que lo supo. Me comprendió: debes distraerte, sal, ve al cine, al teatro –me aconsejó–. Ahora, en Barcelona me siento muy bien. Siempre he sido un marginado, pero aquí somos muchos y siento que tengo amigos».


«Oye, mira, yo soy exhibicionista. Supongo que ahora soy así de alegre porque estuve mucho tiempo reprimido. Bueno, eso de la represión y ese rollo lo he aprendido aquí, antes no lo decía».
José, hijo de familia numerosa, pobre y muy religiosa de Andalucía; el padre, obrero de la construcción, murió cuando él tenía 10 años. Tuvo que trabajar en el campo; no le querían por flojo. «Siempre me puteaban, se bebían mi agua cuando trabajábamos en la tierra. Hasta que un día se la hice yo: cogí un botijo de uno, donde tenía su agua para todo el día, lo vacié y meé dentro. Menuda sorpresa se llevó el tío...».


A los dieciséis años salió del pueblo y se fue a Sevilla a trabajar, pintaba paredes y vagaba de pensión en pensión. Después Madrid y por fin Barcelona. Aquí, después de pasar por varias casas-pensión, alquiló un cuchitril en la Plaza Real y allí en unos 20 m², está su mundo. Un mundo fetichista lleno de colores vivos, expresiones angustiadas, rígidas y patéticas plasmadas en sus cuadros y en sus imágenes. La gran reina de la habitación es una Virgen Macarena hecha de cartón y adornada con velos y otros trapos.
Aquel sentimiento religioso y amargo de la Andalucía donde nació se ha amarrado bien al nuevo José, ya Ocaña, y lo pinta, lo moldea y lo saca a la calle en forma de Ocaña-flamenca.


«¡Anda, rubio, que estás más güeno que un pan de rosca! –piropea a un transeúnte–. También me gustan las mujeres, pero menos, me gusta lo bello, lo que más se parezca a lo griego. Aunque para mí el amor sexual es algo pasajero, me canso pronto de quien ha tenido relaciones sexuales conmigo. El verdadero amor es diferente. Mira, te lo explicaré con un ejemplo: yo tengo un amigo en Galicia con quien no tengo relaciones estrictamente sexuales, pero cuando dormimos juntos amanecemos abrazados; eso es amor».


El fetiche sevillano ahora no escribe. Cuando siente algo que encesita expresar sale a la calle vestido de folklórica, canta, baila y grita lo que le da la gana a voz en grito. Pero antes, sustituía la calle por el papel y escribía:

«El hombre marcha a paso desconocido
el hombre no está muerto, es dormido
con lo fácil que es amar
con una mirada mi cuerpo se transforma
y se embellece.
Quiero amar, vivir cada día intensamente
en el amor hacia los demás.
Llorar es la muerte, cantar es la liberación
de la cárcel del hombre.
¡Se acabaron los problemas que nos hacen dormir eternamente!».


El papel es ahora la calle, y el sentimiento lo vocea y a veces le pone música de nostalgia andaluza.

Carmen GARCÍA RIBAS
Fotos: Colita

Publicación: Reporter, n.º 8
Fecha: 12/07/1977
Página: 59, 60, 61 y 62
Autoría: (texto) Carmen García Ribas y (foto) Colita

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

> HEMEROTECA OCAÑÍ

OCAÑA EN LA "PARTY" (¡QUE NOS FOLLEN VIVAS!)



HEMEROTECA (03/03/1980): 

Exclusiva 

OCAÑA, retrato desnudo impertinente 




OCAÑA 
RETRATO IMPERTINENTE DE SU DESNUDO 


—¡Voy a hacer una exposición maravillosa, nene! Pero no puedo hablar mucho de ella, porque hay por ahí tantas pirañas que me robarían la idea que tengo. Mis ideas son mías y no se las voy a dar a nadie. ¡Querido, son mías y muy mías! Pero va a ser un bombazo. Ahora van a criticar, pero bien. Nene, nene... Con música del alemán ese... Wagner, con un himno popular de un pueblo, con una cosa que bajará y otra que subirá. Bueno, va a ser terrible.




Se come las eses y las que pronuncia las silba. Se sienta en el suelo, no para quieto, bebe una cerveza. Y habla, habla, habla...
—He tenido ahora una exposición en Zaragoza que ha sido muy hermosa porque era en plan popular. Toda la calle llena de romero y había un gran olor a incienso, en lo alto todo lleno de estrellas, como antiguamente se hacían flores de papel pegado con cola, todo adornado con farolillos de colores. La exposición se llamaba "El incienso y el romero". En el suelo había hierba y un montaje sobre la Virgen del Rocío hecho con papel maché y barro y velas... Ha sido muy interesante. Hasta me compró un cuadro un ciego, que veía muy poquito, pero que tanto le habían hablado de mis cosas, y ya ves... También hicimos cosas muy bonitas con los niños gitanos del barrio, que pintaron un mural ellos mismos y se les dieron muchos premios. Los chavales ya preguntaban siempre por mí. ¿Cuándo viene el Ocaña, cuándo viene el Ocaña? Yo, como Jesucristo; dejad que los niños se acerquen a mí. Ahora hay que cuidarles y respetarles, que cuando sean mayores hay que toquetearles bien. El paquete es el paquete, chiquillo.




Nueva película para Ocaña. Tras aquel "retrato intermitente" y este impertinente que le estamos componiendo, una nueva experiencia
—Pues, nada. Que vino un director de esos con pinta de intelectual, muy divino, y me dijo: "Oye, Ocaña, ¿quieres hacer una película?". Y yo, que nunca digo que no... ¡Soy tan diva! Lo que pasa es que como soy actor, eso de aprenderme el papel me cuesta muchísimo trabajo y a mí no me va mucho, pero... Bueno, pues la película ha salido bien. Se va a titular "Se llamaba Manderlein" y es la historia de tres mariquitas muy graciosos. Una que quiere ser mujer y es antimujer, yo que soy un pintor muy cachondo... Bueno, hay una escena en la que, subido en una cama, porque la otra está enferma y dice que está "preñá", le voy contando lo que voy a hacer cuando sea vieja, y yo le digo que querré tener una pensión, o que pediré una plaza para los retretes de la plaza de Cataluña... ¡Me encantaría, nena! Sería divino estar viendo todos los días las pollas de los tíos y curando las sífilis de los machos. ¡Ay, nene! Mira, y la película no reivindica nada, ¿sabes? La hacen homosexuales como podrían haberla hecho heterosexuales. Es la situación de tres personas que se van al campo a hablar de sus cosas y entonces se encuentran con que uno quiere ser mujer y tienen el debate y al final vuelve en sí. Yo soy el más serio de los tres. Es decir, el que más tiene los pies en el suelo. Vamos, que le llegó a decir: "Pero, ¿cómo coño quieres ser mujer con todo ese pelo que tienes por el cuerpo y con esa cara que Dios te ha dado? ¿No ves que te va a costar cincuenta millones cambiarte?". Pero no te la quiero contar. Hay que verla. Y el director es un tío muy guapo que se llama Juan Garay, que no entiende y que a mí me encantaría que entendiera; pero nada, nene. ¡Y nos ha pasado cada cosa! Un día unos borrachos que nos querían violar y el director echándoles, y yo le decía que los dejara, que en el fondo nos gustaría mucho que nos violaran, y yo gritando: "¡Que nos follen, que nos follen vivas!". Nos hemos tirado un mes en Santander... ¡y hay cada tío! Uno me dio una bofetada porque le llamé guapo por la calle. Soy un ególatra. Soy como la Mati.
—¿La Mati?
—Sí, que no soy puta, porque follo gratis. Hay que vivir, nene.
Inefable este Ocaña. Deliciosamente impertinente. Listo como el hambre. Habilidoso como el que más.

SERGIO LOZANO
Fotos: BANUS MARCH




Publicación: Party, n.º 151
Fecha: 03-09/03/1980
Página: ¿?
Autoría: (texto) Sergio Lozano y (foto) Banus March

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

> OCAÑA Y SU "MANDERLEY"

OCAÑA Y ALGO DE SU FILOSOFÍA (DE "MANDERLEY" Y "LA PRIMAVERA")



HEMEROTECA (09/12/1980): 

«Yo qué sé lo que piensan las modernas del cine» 


Ocaña, de las Ramblas al «estrellato-sub» 


Teatralero y provocador, pero menos. Después de un año lejos de las Ramblas, con mil proyectos, exposiciones y nueva película vuelve a la Plaza Real para pintar. Típicamente barcelonés para unos y revulsivo para otros, Ocaña ha venido al mundo a vivir y no a arreglarlo. Ha pasado, definitivamente, de la brocha al pincel, ha ampliado su escenario de las Ramblas al cine, ha cambiado de parecer en muchas cosas excepto una: los hombres.


Ha entrado en el cine sin enterarse. Del ya lejano «Retrat intermitent» que lo ha paseado por los festivales más «in», aterriza de nuevo en su Barcelona con el film que hiciera con Jesús Garay, «Manderley». Se convierte, a fuerza de abanicarse, en la estrella del underground barcelonés en muchas de sus facetas: de ramblear con Camilo en los cómics de Nazario a buscar como una loca una iglesia para su próxima exposición «naif».
La película estrenada recientemente en Barcelona tuvo una efímera estancia en la cartelera. Esto no sorprende a Ocaña: 
—«No es un cine para dar dinero, es un cine para minorías. No es un cine de colas ni de grandes risas. Manderley es amena y divertida, pero tiene su trasfondo. Creo que es bastante interesante, estoy contento de la película».
Hace un año que está terminada pero no había dinero para la única copia que existe por el momento.
—No había dinero. Era una cooperativa de pobres. Lo que pasa en este país, es que cuando hay gente que tiene ideas, le falta dinero; y la gente con dinero no tiene ideas. Pero algún día saldrán adelante porque son buenos y machacan y machacan.


«Manderley» tiene que estrenarse todavía en Madrid y en otras ciudades que ya han pedido la copia. La incidencia de la película no parece preocuparle mucho:
—Yo qué sé lo que piensan las modernas del cine. A los del FAGC no creo que les haya gustado mucho, porque no reivindica nada, y es que estamos hasta el coño de reivindicar. Está bien reivindicar cosas, pero bueno, si estamos todo el día de reuniones creamos una doctrina; como los partidos que tienen su doctrina. Yo no tengo ninguna doctrina.
Encerrado todo el día en su guarida de la Plaza Real, su pequeño burdel como gusta llamar, Ocaña sólo deja el pincel para ir a comprar a la Boquería o dejarse caer de plumífera en cualquier fiesta. Está preparando su propia exposición y piensa hacerla esta vez en Barcelona como lo hiciera este verano en Palma y en el Museu d'Art Contemporani d'Eivissa.


—Estoy buscando una iglesia, un local muy alto, para montar mi exposición que será algo maravilloso. Cincuenta o sesenta muñecos de papel y alambre, repicar de campanas... No quiero hablar, no quiero hablar. Será muy interesante.
En pintura es difícil ganarse la vida si se tienen pretensiones o si se va a parar en un ambiente de capillitas. Esta es la filosofía de Ocaña. Habla decidido y con seguridad, conserva su espontaneidad y su rollo callejero, pero ha refinado las formas y así, cuando habla de arte establece comparaciones entre Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, piensa que el mejor crítico es el pintor mismo y sigue con vírgenes y monaguillos enclavelados:
—En estos tiempos modernos que vivimos, alguien que pinte ángeles es un milagro.

ALFONS MASQUERRA

Publicación: Diario de Barcelona
Fecha: 09/12/1980
Página: 15
Autoría: (texto) Alfons Masquerra y (foto) Iglesias

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

OCAÑA Y SU "MANDERLEY"

OCAÑA EN "DEZINE" (DE ALBERTO CARDÍN Y LA NUEVA OLA MADRILEÑA)



HEMEROTECA (¿?/09/1980): 

OCAÑA: THE MAKING OF A SUB-STAR 


Amargado a fuer de lúcido, según la teoría de Agustín Tena para "El País", y, aunque ni tan lúcido como Levy o Sánchez Dragó, ni tan amargado como Savater, por no haberme pintado tampoco de bonito D. Amando –que tiene nombre de gerundio, ¿no?–, he ido viendo cómo la new wave madrileña, con aires de tsunami a lo Irwin Allen –digamos: entre la transparencia y el regaderazo–, arrasaba los amplios espacios coralinos que corren desde El Sol hasta Las Salesas, repitiendo con los de Burning Spears –rastas lucidísimos– el mantra de rigor: "on a cultural level…".


¡Cráneos privilegiados éstos de la new wave! Han logrado hacer modernos en Madrid a gente que nunca lo fue en Barcelona, tipo Federico Jiménez Losantos, a quien entraban sudores con sólo pisar los broncineos umbrales del Ópera o el Jazz Colon, y que ahora va de hacer letras a Las Chinas y chascando los dedos por la calle. Otros, más antiguos que Villena –que, al cabo, no tiene empacho en declararse coetáneo de Antineo–, han pasado, en Madrid mismo, de los armiños al leopardo sintético, y del estilo Corte Inglés a la moda trapería "op", lo que demuestra las virtudes salvíficas –"on a cultural level"– de la new wave.
No llegan por aquí, por Barcelona, sino salpicaduras noticiosas de tamaña ola de modernidad, y los cachalotes que en estas aguas quedamos embarrancados, sentimos resbalar por nuestra piel de cetáceos –en algo hemos de distinguirnos de los que se van a Madrid, que la tienen, como Meliá, de paquidermo– las fusas catalépticas de Alaska y sus pegatinas, y el futuro que ya está aquí, patinando con la moda juvenil.
Es posible que los viejos roqueros nunca mueran, porque enganchan, por vía de lo contiguo, con la new wave, y que los viejos comprometidos resuciten, en virtud del poder que CBS, el Partido, y hasta la Moncloa les tienen conferida. Los viejos modernos de aquí, cuya modernidad consistía tal vez en ir de tiradas por el Ópera y por Ramblas, y terminar en Zeleste cuando aún no se había convertido en un retrete higiénico, para acabar de orgía en cualquier cuchitril del Casc Antic, o simplemente quedar para comprar basura al día siguiente en Los Encantes, semejantes desechos ni siquiera han tenido la opción de resucitar o continuar transformándose, porque cuando saltaron a la fama eran ya otros, y los más pasaron directamente a la basura.


Son ritmos distintos los que hoy rigen para la new wave, para Madrid en general y siempre, y los que marcaban las barreras zonales de Barcelona, cuando aún había algo que marcar: las aduanas, curiosamente fueron desapareciendo según las estilizadas "zonas altas", cuyo límite de estilo comenzaba en el sur por Groc, empezando a mostrar su consunción. Los Toni Miró, los Xavier Oliver y sus einas, los Ventura Pons, empezaron a husmear en busca de una cierta inspiración donde antes, ni siquiera en plan de vicio, se atrevían a bajar. Fue así como Ocaña comenzó a ser invitada a los parties del Taller de Arquitectura, antes de que su obra pionera, Walden 7, comenzara a caerse a trozos, y como Adolfo, considerado antes un parvenu de la moda, comenzó a preparar las colecciones de Groc –por supuesto, sin firmar–, así como Ventura Pons, no muy afortunado como cineasta hasta entonces, descubrió como tema a la Ocaña, es decir, la dejo hacer ante la cámara, y luego puso la firma.
Es posible que la misma entente cordial ocurrida desde entonces haya hecho olvidar la separación, e incluso el desprecio anteriores; nada mejor que las alianzas de mutuo interés para olvidar piques precedentes. La aparición de locales concordatarios, hoy ya hechos almoneda, como Bailes selectos, donde las locas tiradas, con pretensiones de estilo, se mezclaban con periodistas del PSUC, y las habituales del Equilibrio y de los parties de Carlos Martorell hacían migas con las afectas del Arco Iris y las promiscuas visitantes de los salones de Ocaña, dieron la ilusión de un feliz encuentro de modos, que nadie podía esperar que terminara en nada.
Dos años han pasado desde que Ocaña quedara consagrada para España en las negritas de Umbral, y desde entonces no solamente ha podido saludar a Karen Black –que debió percibirla un tanto revirada por su ojo bizco–, e ir al Studio 54, sino que ha decorado los "bearns" de media aristocracia mallorquina, y montado más retablos y belenes por los vestíbulos de los cines que varias cofradías de "pessebristes" trabajando a destajo. Pero esta Ocaña que los salones aceptan, las letras de molde recogen y hasta el público de provincias reconoce, que guarda incluso, como nunca soñara, varios millones en su cartilla de Correos, ¿es aquella misma Ocaña pionera, moderna y tirada que yo, como cachalote varado en aguas de una modernidad que no fue new wave, recuerdo?
Viéndola sentada el día del orgullo gay del FAGC, en la terraza del Ópera, atrayendo la completa atención de los diez fotógrafos apostados para captar una manifestación de besos y magreos –"¡trencar la norma!" habían dictado las chicas del Front–, que lógicamente no se produjo. recordé los mejores tiempos de la Ocaña cuando, sin ser ni travestí ni militante, se unía estratégicamente a la manifestación por donde andaban los chicos de la prensa y se abría nada más ser fotografiada. Eliseo Picó, una de las dirigentes, azuzaba contra ella al servicio de orden, pero todo era inútil: la Ocaña salía en todas las revistas, mientras Eliseo, Roger de Gaimón y las demás, tenían que hacerlo de espaldas o en fotos serísimas, en las páginas interiores de Alternativas o Solidaridad obrera, y haciendo mamotréticas declaraciones de principios.
Pero la Ocaña seria, apayasada, vestida con un canotier nuevo y unos impolutos bombachos marroquíes era ya la Ocaña post Retrat intermitent. Una Ocaña no modelada por el director ni por sí misma, sino facetada al ritmo de la aceptación del medio, de ese medio concordatorio que antes apuntaba.
Una historia sabida, ¿no? El chico de zona deprimida que hacía cocinitas con su mamá, y que, llegado a la gran ciudad, quiere ser artista, comparte la brocha grande con el pincel y termina haciendo de falso travestí para triunfar a la vez en el cine y la pintura. Con rasgos de mayor sordidez, y con menores destellos, la historia, por ejemplo, de Yves Saint-Laurent o de Andy Warhol. Pero es que cada historia, en su repetición, tiene esa marca del recuerdo que yo intento salvar. Una tozudez personal mía, que seguramente la misma Ocaña no comparte. Y en ese rastro del recuerdo, unido al avinagramiento que la new wave atribuye al lúcidos y memoriosos, más que en una especifidad hispánica de los sub, es donde veo yo el interés del a star is born peculiar de Ocaña.
Una historia de sub-estrellato, no explicada en su Retrat intermitent –lógico, porque era a la vez el origen y el recuerdo encubridor del mito–, en la que más que el padre que la tiraba en un saco cerrado al río, el hermano guardia civil, o las romerías de la Bienaparecida, en Cantillana, su pueblo, tiene que ver el liderazgo en CC.OO. de su otro hermano, en Barcelona, el patronazgo de Solé Barberá, los empujones periodísticos de varios plumíferos morbosos, y la simbiosis cómplice de un cierto disseny –"diseñi", como Adolfo lo calificó en su día–, barceloní.
No le interesaban a semejantes padrinos los ludibrios de la Ocaña en su guarida de Plaza Real, más que como relato que podía mencionarse, pero no verse. Y empezó así Ocaña a refinarse, y a decir "chupar penes", en vez de "mamar pollas". Aprendió a poner la voz apagada y el mohín melancólico de quien medita mucho, cuando lo suyo era hablar a voz en grito y ponerse triste sólo cuando no había tragado bastante "zemen". De travestirse para excitar a los machos que le caían por su casa, pasó Ocaña a hacerse travestí ocasional para llamar la atención, y, curiosamente, acabó en su película haciendo de Édith Piaf, de Estrellita Castro y de Manola que recitaba a los Quintero. Difícilmente la cosa hubiera colado de otro modo. Malamente hubiera reparado Maruja Torres, que tanto había tenido que refinarse para pasar de dependienta de Sepu a ser casi una Louella.

Ocaña en la película de Jesús Garay, "Manderley".

Terminada ahora una exitosa exposición en Palma y una de sus muchas giras por festivales exóticos, siempre con su Retrat bajo el brazo, prepara ahora Ocaña otra salida au grand monde con un nuevo film: Manderley. ¿Sabe algo Ocaña de "Hizco" o de Lady de Winter? ¡Ni falta que tiene! Es el director-guionista, Jesús Garay, quien tendría que saberlo. Y, sin embargo, la película ha aparecido ya en dos ocasiones, en la finada Fotogramas, como "el segundo film de Ocaña". Cosas de la propaganda: tampoco el Retrat intermitent aparecía nunca como cosa de Ventura Pons, por más que el pobre intentara siempre aparecer en las fotos detrás del abanico de Ocaña, o asomando entre sus volantes. Ocaña sólo tiene que hacer de sí misma, como tal misma en su estudio de Pza. Real, o como una Joan Fontaine coja en un Palacio de la Magdalena convertido en Manderley. Pero, ¿quién es esa Ocaña –ella– misma convertida a la vez en personaje público y figura de celuloide, que va con el celuloide debajo del brazo y tiene que reduplicarlo a la puerta de los festivales con nuevos disfraces y nuevos belenes?: he aquí un problema que Morin no pudo plantearse, porque jamás llegó a pensar en una estrella verdaderamente sub.

ALBERTO CARDÍN

Publicación: Dezine, n.º 4
Fecha: ¿?/09/1980
Página: 52 y 53
Autoría: (texto) Alberto Cardín y (foto) ¿?

OCAÑA EN "OZONO" (DEL QUERER SER REINA Y DIVINA)



HEMEROTECA (¿?/06/1978): 

Ocaña, divina 

"De la vida no entiendo ná" 


¿Quién es Ocaña? Profesión: conocido travesti-pintor nacido en Sevilla y afincado hace años en las Ramblas, concretamente en la Plaza Real. Amores: la Macarena, Édith Piaf, Isadora Duncan, casi todos los hombres... Profesión: el espectáculo. Actualidad: una película, «Ocaña, retrat intermitent», estuvo en el Festival de Cannes de la mano de Ventura Pons. ¿Quién es Ocaña?


¿ES USTED TRAVESTÍ?

Es por todos sabido que el aprendizaje del rol masculino y femenino se inicia desde la infancia y en un despliegue informativo y codificador que abarca hasta los rebordes más sutiles del comportamiento. El hombre y la mujer ya adultos se encuentran, pues, en su cotidiano vivir, con unos hábitos gestuales, una determinada manera de engalanarse, de dirigir el pensamiento y el deseo, de concebir unos objetivos y formas de hacer que son justamente esos y no otros. Y pueden, y a veces se encuentran desconcertados y sin saber si su virilidad o femineidad es eso que hacen maquinalmente o consiste en alguna otra cosa desconocida. Lo que es cierto es que si se encauzan por el camino aprendido todo resulta más sencillo; al menos al principio, cuando toda la vida se pone en la satisfacción del primer deseo, de la primera necesidad del otro, la más vieja sociabilidad. Todos sabemos de la crueldad de los niños adolescentes hacia los marimachos o afeminados; quizás debido a que en la escuela nadie les mencionó nunca aquella cita de Orfeo: «Hubo en el origen de la vida el Caos Eterno, inmenso, increado, de donde todo ha nacido, que no es ni tinieblas ni luces, ni húmedo ni seco, ni caliente ni frío, sino todo mezclado eternamente uno y sin límites. Llegó un momento en que tras una duración infinita, a la manera de un huevo gigantesco, hizo emanar de sí mismo una forma andrógina, compuesta por la conjunción de elementos contrarios».
Se alega que todo este aprendizaje se encuentra en función del posterior rol social a asumir, pero parece ser que cuando se niega dicho rol, todavía no tocamos fondo, porque los probos ciudadanos así logrados aun en su marginación, asumen la labor de policías respecto a aquellos que han aprendido peor su papel. Y la respuesta a estos malos alumnos no es aún la crítica –por Dios, todos somos ya progres–, pero sí es una respuesta chirriante: se aceptan los márgenes, pero se excluyen, se codifican, porque fuera está el riesgo, el terreno resbaladizo, «el caos». Y si las mujeres se virilizan –según el modelo– para entrar en el mundo de los varones, se encuentran con que, salvo raras excepciones, son relegadas a ciudadanas de segunda categoría, y encima paren, y eso no está todavía previsto en el rol masculino.


Los malos alumnos del aprendizaje viril aún se niegan a entrar del todo en el modelo del rol femenino, quizás porque si la sociedad necesita hoy en día que las mujeres trabajen, no se ha planteado aún que los hombres paran, y esta dificultad hace que necesariamente su respuesta sea más límite, más salvaje. Los travestís forman un gheto aparte, violento, exhibicionista, orgulloso, a veces tierno. Tienen su lenguaje y sus códigos; proceden la mayoría de las veces de provincias, de lugares cerrados en los que su sensibilidad puede ser aún más maltratada, pero germinan y florecen en las grandes ciudades, allí donde se es anónimo y a la vez ofensivamente visible.


Su pasaporte es la reivindicación de todos aquellos formalismos que en su aprendizaje les han sido violentamente vetados: ornamentación, acción gestual, ostentosa exhibición de blandura, devenida ya astucia. Pero todo ello llevado al paroxismo, redescubierto en su límite por el espejo deformado de un aprendizaje posterior: el de la humillación y la burla. Recuerdo claramente el comentario de un amigo dicho al desgaire en el rellano de una escalera: «es que nosotras, las mariquitas, estamos expuestas a todos los riesgos». Y esa vulnerabilidad la revierten en ingenio ofensivo, en astucia, en descaro, en exhibición.
Necesariamente se dedican al espectáculo; como el viejo bufón se ganan la vida divirtiendo al probo ciudadano el sábado noche, en un despliegue de sabio y amargo ingenio en el que las mujeres se sienten eclipsadas y si los hombres salen fortalecidos, es sólo porque son vanidosos y se han apropiado la burla.

OCAÑA

Ocaña también se dedica al espectáculo, pero él no tiene patrón. Ocaña es su espectáculo y su patrón, milenario bufón hiriente que camina por la vida reivindicando su derecho a ser espectáculo sin dejar de ser persona.
«...A mí que me dejen de pamplinas las "políticas" y las "intelectualas", las homosexualas no somos seres aparte, ni maricas ni nada de eso, las homosexualas somos Personas, y amamos a los hombres, y a las mujeres, y a los chulos, y a los quinquis».
Y Ocaña sale a las Ramblas vestido de violetera con un ramo de rábanos en la mano, y Ocaña se deja halagar por los burgueses y jalear por las prostitutas, y mucho antes de que las Emmanuelles invadieran las pantallas españolas y los cabarets abrieran sus puertas a parejas copulando, Ocaña, en los Carnavales, y en las Jornadas Libertarias, y allí donde hubiera una fiesta, cantaba y reía, enseñaba su pito y se lo dejaba chupar entre los jaleos del enfebrecido público. Y mucho antes, en tiempos del franquismo, ya salía a pintar a las Ramblas vestido de angelito, y cuando la policía –sin poder evitar una sonrisa– le instaba a dispersarse, se embadurnaba la cara de pintura y se iba airado cantando a voz en cuello aquella canción: «Ay, yo de la vida es que ya no entiendo ná, el cardo siempre visible y la flor siempre pisá».
Al hombre le han enseñado a ser vanidoso y a luchar por ser importante; la sociedad les respalda y las mujeres le aman. El travestí reivindica una importancia más límite y más sangrienta, que sobrepasa el mero rol social: el travestí quiere ser Reina y quiere ser Divina; no quiere ser aceptado, quiere imponerse en un despliegue de ingenio, de afeites, de calor humano que justamente por su inevitable soledad, se comunica. Su objeto de identificación es esa mujer mítica, reina por un día, que por los vericuetos del deseo imperante se ha elevado salvando la cotidiana humillación, el manso aprendizaje.
Y Ocaña es la Reina por excelencia, al menos de las Ramblas, sobre todo para sus amigos.


LA MACARENA AL PODER

En la Plaza Real de Barcelona, en el segundo piso, un angelote coloreado de azul señala una puerta. Al lado, con un burdo rotulador, como una mera pintada callejera, una consigna: «La Macarena al poder». Dentro, el estallido de toda una iconografía que a pesar de las fiestas oficiales, la imaginación popular ha hecho suya: vírgenes, angelotes rotos, robados de una lápida descuidada, disfraces, sombreros, guirnaldas y cuadros, cuadros por todas partes, cuadros con caras abiertas al asombro y a la luz. Si rebuscamos, podemos encontrar también por ahí escondido, un nacimiento o un paso de Semana Santa, porque Ocaña cumple escrupulosamente, aunque a su manera, todas las fiestas que Andalucía, como ninguna otra tierra, ha sabido impregnar de sabor popular, de alegría, revirtiéndolas en mero conducto de su sentir.
Y a Ocaña le gusta el sentir popular porque es el suyo y porque, por encima de todo, ama la humanidad y la vida, y precisamente por eso acoge también con sabiduría la muerte. «Quiero que cuando me muera –suele decir– me hagan un gran entierro, y mi féretro sea llevado a hombros por un cortejo de griegos desnudos y, a ser posible, empinados». Y así fue su exposición en la Galería Mec-Mec de Barcelona, una explosión de guirnaldas, de colores, de gigantes y cabezudos, con su habitación ritualista en una esquina y su entierro andaluz en la otra, con su muerta y todo; y en medio, debajo, por encima, como una cosa más, sus cuadros: rostros de viejas, de niñas, de gatos, agrandados los ojos en el asombro del vivir. Y el mayor orgullo de Ocaña: «que a mi exposición van todos los días las prostitutas del barrio, que yo las veo, y las señoras con su cesta de la compra». Eso sí, y soy testigo, con un miedo supersticioso a entrar en la habitación del muerto.
También tiene Ocaña, como Ramoncín, su filosofía del triunfo social. «Ellos se creen que se ríen de mí, me toman por un payaso, pero yo les estoy utilizando». Porque para Ocaña también es importante el reconocimiento social; puesto que se han reído de él, puesto que ha sido un niño pobre andaluz que ha tenido que llamar señoritos a los ricos, ahora, ella, que es obrera pero reina, quiere que la sociedad le reconozca. Y lo está consiguiendo, y ya está en Cannes con su película dirigida por Ventura Pons. Y su asombro de que no lo conozcan aún en la capital no tiene falsos pudores. ¡Nenaa! ¿Todavía no me conocen en Madrid?
Aunque en realidad su mundo sea muy otro y lo que le guste sea volver de madrugada a la Plaza Real, siempre bien acompañado y saludando estruendosamente a sus amores de toda la vida, a los de verdad. Su gato Enrique, «Enrique, divino, ven pa acá...», «y tú, Macarena, hija de la gran puta, la más guapa de todas, la más reina, diviiiina...».

María Luisa MAILLARD

Publicación: Ozono, n.º 33
Fecha: ¿?/06/1978
Página: 45 y 46
Autoría: (texto) María Luisa Maillard y (foto) autoría desconocida

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

> HEMEROTECA OCAÑÍ